Artículo :: Aysén. La Patagonia desconocida

Aysén. La Patagonia desconocida. Glaciares, cerros, bosques, y lagos que aparecen y desaparecen.

Perdida en lo más inhóspito de la Patagonia, se encuentra Aisén, la undécima región de Chile. Desconocida por su complejo acceso, es sin duda alguna uno de los paraísos terrenales que aún esconden rincones inexplorados. Es comprensible que esta región de la Patagonia Chilena aun sea tan desconocida. No fue hasta principios del siglo XX cuando se comenzaron a explorar y habitar estas latitudes australes. Nunca se llegó a explorar su totalidad y nunca se llegó a habitar de manera notoria; son pocos los pueblos que podemos encontrar en toda la Patagonia, la mayoría de ellos pequeños y desperdigados junto a algún río, lago o mar.

La dificultad geográfica para acceder a esta región y su clima, siempre inestable, hacen que Aisén nunca haya sido muy poblada, fueron muy pocos los pioneros que se aventuraron a comenzar una nueva vida en estas regiones tan extremas.

A día de hoy, aún se pueden encontrar en Aisén antiguos colonos que viven como lo hacían los pioneros que llegaron hace 100 años. Don Julio es un ejemplo, un poblador del Valle Colonia, junto al Campo de Hielo Norte. Aisén es posiblemente la región más salvaje de Chile, en ella se encuentra el río más caudaloso de este país andino, el Río Baker; además del segundo lago más grande de Sudamérica; el Lago General Carrera.

Esta región de la Patagonia Chilena, entre el Pacífico y la desolada pampa Argentina, es a día de hoy un regalo para amantes de la aventura, el montañismo y cualquier actividad en la naturaleza. Sus paisajes son el mejor regalo para cualquiera que se aventure a conocer sus partes más salvajes. Además de sus bucólicos valles de prístinos bosques, de sus lagos como mares, de sus lagunas con aguas transparentes, azuladas o turquesas, lechosas o negras, de sus paredes de granito o de sus hongos de nieve que cubren muchas de sus cimas… nos encontramos rodeados de gigantescos campos de hielo; el Hielo Sur (casi 400 km de largo) y el Hielo Norte (100 km).

Si obviáramos los polos, sería la primera reserva de agua dulce del planeta.

Pero esta región tiene más motivos para cautivarnos, pues también dentro de ella se encuentran las dos montañas más altas de la Patagonia; el Monte San Valentín de algo más de 4.000 metros y el San Lorenzo, con algo más de 3.800 metros. Ambas cumbres son una seria tarea, el San Lorenzo quizá más accesible, pero para llegar al San Valentín, hay que cruzar parte del Campo de Hielo Norte, por lo que solamente la aproximación puede tornarse muy compleja, como se ha podido atestiguar en estos últimos años, en donde varias expediciones, entre ellas una fortísima formada por miembros de Al Filo de lo Imposible y de los gurpos de montaña del ejército chileno, han tenido que ser rescatados in extremis sin ni siquiera poderse acercar a la montaña.

Para muchos, el descubrimiento de Aisén ha sido una bella sorpresa, un lugar donde todavía te puedes llegar a sentir pionero, en uno de los parajes más bellos de la Pachamama. Fue en 2004, la primera vez que me animé a viajar por Aisén, acompañado por buenos amigos, recorriendo la región casi completa de norte a sur. Desde entonces, todos los años he regresado, para seguir disfrutando de todas las vivencias que te pueden llegar a dar estos viajes.

Como incondicional a la hora de explorar nuevos lugares, tengo que reconocer que Aisén fue una lotería que me tocó, tras escudriñar mapas y escuchar historias variopintas de lugareños.

Para alcanzar la zona hay que llegar a Balmaceda, la ciudad del viento, un poblado desolado que se encuentra al limite de la gran pampa Argentina, aunque administrativamente pertenezca a Chile. En este lugar no hay nada que hacer, así que lo mejor es abandonar cuanto antes este pequeño aeropuerto y continuar a cualquier otro sitio, que siempre será mejor. En mi caso siempre he huido a Coyhaique, capital de Aisén, Reserva de Vida. Es un pueblo algo insulso pero rodeado de paisajes abiertos y puros. No hay que perder el tiempo en la Patagonia, ni en ningún otro lugar, así que lo mejor después de descansar, es abandonar Coyhaique rumbo al sur por la carretera austral.

La carretera austral es una pista de tierra para vehículos. La parte que nosotros transitamos es la más salvaje e incomoda pero también la más bella. Son unas 8 horas rodeados por paisajes típicos de la Patagonia occidental, es decir… verdor, espesura, bosques, lagos, ríos, glaciares y ventisqueros. Después de un duro viaje por carretera, llegamos a las orillas del Lago General Carrera, de más de 200 kilómetros de largo. Un rincón de película. Un mar rodeado de ventisqueros; los indios Tehuelches lo llamaban “Chelenko”.

Puerto Bertrand es un minúsculo pueblo a unos minutos del gran lago Carrera, se encuentra a las orillas del lago Bertrand, dando origen al nacimiento del río más caudaloso de Chile, el Baker, de aguas tan turquesas como gélidas. Este río muere en el pacífico, allá por los canales australes, entre el campo de hielo norte y sur, cerca de un inolvidable pueblo llamado Caleta Tortel.

Después de 3 días de viaje iniciamos una travesía por los Glaciares de Aisén, un regalo a nuestros sentidos. Ya desde el primer momento, la emoción se palpa en el ambiente, hay que iniciar la aventura navegando 2 lagos, el Bertrand y el Plomo. Ambos se unen de forma natural y puede apreciarse sus límites con una casi perfecta línea que separa el color turquesa del Bertrand con el aspecto lechoso del Plomo. Después de casi 1 hora de navegación rodeados de cordilleras y ventisqueros, llegamos a la orilla más alejada del lago Plomo, donde desembarcamos. Entramos en un mundo de gigantes.

Don Ramón vive a este lado del lago con su familia, es quien nos ayudará en la logística del porteo y sólo en invierno se mudan a Puerto Bertrand. Viven en una casa de madera, con algún que otro animal de granja, una pequeña huerta y algún árbol frutal, como el maravilloso cerezo en el que nos deleitamos con esas deliciosas cerezas del verano austral. Hacia el fondo, se alarga el Valle Soler, que nace en los contrafuertes del Campo de Hielo Norte. Un valle gigante y salvaje que deja notar que está muy vivo, en constante cambio, como muchos de los valles de Patagonia, donde sus ríos corren con fuerza desmesurada, donde sus lagos de repente desaparecen por algún cambio morfológico… El Valle es recorrido por el río Soler, que desagua en el lago Plomo y nace en un lugar tan salvaje como el Campo de Hielo Norte.

Hace pocas décadas todo el Valle tembló, cuando uno de los lagos que se forman por el deshielo pudo con el depósito glaciar que lo contenía, creándose un GLOFF que inundó gran parte de este inmenso valle. Gracias a que es un lugar inhóspito y casi nadie lo habita, no hubo perdidas humanas, pero si pereció mucho ganado salvaje. Aún a día de hoy al recorrer este valle, salta a la vista lo que debió ser ese gran tsunami fluvial, que arrasó con un valle colosal. Hay claras muestras de una gran batalla natural.

Son algo más de 2 días los que estamos remontando este valle, dejando siempre el río Soler a nuestra derecha. En un punto en donde antaño habitó uno de los primeros colonos de la zona, ascendemos buscando la entrada al aún invisible Glaciar Neff, proveniente del Campo de Hielo. Cuando se llega arriba y se divisa esa gigantesca masa blanca, un escalofrío recorre tu cuerpo… para luego disfrutar de una de las imágenes más bellas que a tus ojos puedas regalar. La grandeza y anarquía paisajística distorsiona nuestras pupilas, que no son capaces de procesar tal grandeza, tal belleza y tal hecatombe natural. El hielo hipnotiza. Entonces despiertas de tu borrachera visual y te das cuenta que ahí te vas a meter, en esa desolación, en esa pampa helada, en ese mundo de hielo donde sobrevivir es imposible para cualquier ser vivo.

Bordeamos el glaciar Neff por uno de sus laterales, rodeados de paisajes totalmente rotos, tratando de encontrar una entrada fácil al hielo. La laguna que debía haber junto a la pared lateral del glaciar ha desaparecido, sus aguas se han filtrado a través de la porosidad del hielo milenario, dejando una gran concavidad en el suelo y témpanos que deberían estar flotando, se posan sobre tierra, sobre lo que era el fondo de la laguna desaparecida. La imagen es escalofriante.

Así que decidimos caminar por lo que debió ser el fondo de la laguna, dejando a nuestro alrededor témpanos varados que crujen mientras pasamos, por fin encontramos una entrada al hielo y en un saltito pasamos al mundo helado… estamos dentro… pongámonos los crampones.

Caminar sobre un glaciar es una experiencia sencillamente inolvidable. Hace unos años tuve la suerte de hacer una travesía por el Campo de Hielo Sur, allá por la zona del Torre y Fitz Roy, fue una tremenda experiencia. Recuerdo que además tuvimos un clima estupendo y nos hartamos a ver todo lo que nos rodeaba. Otra borrachera visual. Pero el glaciar Neff es diferente, pues la travesía del Hielo Sur fue sobre una planicie helada pero cubierta de nieve y ahora caminábamos sobre puro hielo, con sus grietas, sus ríos y sus lagunas de fantasía.

El Glaciar Neff debe tener algo más de 15 kilómetros, proviene del Campo de Hielo Norte y su frente rompe en un lago de color lechoso. Nuestra idea era cruzar el ancho del glaciar, que son unos 4 kilómetros y nos llevará casi 3 horas. Caminar sobre él y mirar a tu alrededor ensancha cualquier alma. De belleza sin igual son los ríos que recorren la superficie del glaciar, aguas gélidas y totalmente transparentes que dejan ver el fondo de hielo azulado. También están las piscinas naturales, que se crean sobre el hielo, de un azul puro y brillante.

Después de unas horas ensimismados en este mundo como de otro planeta, queda salir de él, pues no debemos quedarnos: estos lugares son para entrar y salir… y toca salir… y menuda es la salida. Terreno incómodo como ninguno, según nos vamos acercando a uno de sus limites laterales, van apareciendo piedras, que se posan sobre el hielo, las trae el glaciar de lejos y poco a poco se ven más piedras y el hielo se va manchando más… llega un momento en que las piedras, de todos los tamaños, cubren el hielo y el camino se vuelve más frágil, hay que pisar bien, sino los resbalones y “culetazos” están garantizados. Después de idas y venidas, subidas y bajadas, salimos de esta terrible morrena comenzando a ver algún liquen y pequeña flor: volvemos a la vida. Pues aunque el hielo genere toda la vida que hay a su alrededor, dentro de él no se podría decir que exista vida alguna.

Nos dirigimos a nuestro siguiente campamento, pasando antes por diversas lagunas que antaño fueron solo una. Entramos al bosque donde vamos a acampar y montamos las tiendas, hacemos un fuego y descansamos de un día tan vibrante como el que acabamos de tener. De nuevo sentimos que estamos en un rincón único, con vistas al glaciar que acabamos de cruzar, sus lagos y cordilleras e inmersos en un bosque de fábula, invadido por hayas milenarias, donde el ser humano nunca ha intervenido.

La primera de las 3 veces que he realizado este recorrido, puesto que teníamos un día de descanso en este bello lugar, decidimos, acompañados por un buen clima, ascender un cerro que se encontraba junto a nuestro campamento. La ascensión no era técnica, era un cerro cuya base estaba repleta de matas, arbustos, árboles y turberas… que nos dificultaron seriamente el poder continuar… nadie antes había ascendido este cerro y estaba ansioso de ver las vistas que había desde la cima… por lo tanto la ascensión no fue nada fácil, pero en la cumbre todas las penurias se olvidaron. Éramos los primeros en divisar aquella maravilla que se presentaba ante nuestros ojos, cordilleras, glaciares, lagos, ríos y valles nos rodeaban haciéndonos sentir muy dichosos. 360º de locura visual. Entre otras cosas, veíamos el lago Cachet-2, que al día siguiente bordearíamos y del que hablaré más adelante.

Desmontamos el campamento y proseguimos nuestro camino… hacia el bosque Cachet, un bosque absolutamente virgen, tupido y mágico por sus tonalidades y su vida… pues tiene vida, el bosque respira, se transforma… nos vigila. Es el bosque más bello que he conocido.

Ahora toca bordear el lago Cachet-2 para llegar a nuestro próximo campamento. Este lago tiene 5 kilómetros de largo por 2 de ancho, es de origen glaciar y sus aguas vienen del campo de hielo, se nutre principalmente por un río proveniente de un lago que hay a más altura, el Cachet y que tiene su origen en los hielos. También recibe agua del glaciar Colonia que rompe en sus aguas. Nuestro campamento se encuentra justo en frente de la pared del glaciar, un lugar de belleza extrema.

El lago Cachet-2 tiene una historia que a algunos les sorprenderá, pues es un lago que desaparece. ¿Cómo que desaparece? ¿Un lago de 5 kilómetros de largo…? ¿con una profundidad en algunas de sus partes de más de 300 metros? ¿Y en pocas horas?

Si, sucedió en abril de 2008, se volvió a llenar unos días más tarde, se volvió a vaciar en octubre del mismo año, volvió a llenarse pero no completamente, para volverse a vaciar a finales de diciembre… de nuevo se lleno hasta la mitad y volvió a vaciarse a finales de febrero de este año 2009. Entre estos 2 últimos sucesos anduvimos por allí, hubiese sido una aventura haber vivido alguno de sus vaciamientos.

Es realmente increíble haber conocido este lago lleno y de repente verlo medio vacío, la imagen es tétrica, irreal, cambia el paisaje, los árboles que trae la corriente están varados en las orillas, creando un paisaje singular, es como si una gran batalla se hubiera llevado a cabo en las orillas del lago, que en algunas partes se han convertido en acantilados debido al vaciamiento. Las causas del vaciamiento se debe a la porosidad del hielo, haciendo que las aguas del lago pasen a través de él sin límite, haciendo que el lago se desagüe por completo. Luego la porosidad de alguna manera se rehace y vuelve a tapar la salida del agua, haciendo que el lago vuelva a aparecer…

Así es la naturaleza, un constante cambio que en estas latitudes puedes apreciar de un día para otro. Por supuesto que es una de las grandes bellezas de Patagonia, su transformación, su movimiento… todo parece tener vida, nubes aceleradas en el cielo, torrentes de agua que se oyen en la lejanía, árboles que crujen a tu paso, ríos que cambian su curso, lagos que desaparecen, aludes de hielo… todo, todo, está en un continuo cambio.

Son ya 3 veces las que he completado este circuito y en todas ellas he notado transformaciones importantes.

 

¿Qué cambia continuamente?:

El glaciar; nunca hemos entrado a él ni hemos salido de él por el mismo lugar, nunca ha estado igual su superficie, este pasado enero por ejemplo, había ríos que no existían el año anterior, también lagunas.

El lago Cachet-2 de repente desaparece para volverse a llenar, cambiando el paisaje radicalmente. Por otro lado, ¿qué pasó con el río que nacía del lago Cachet-2? ¿Pues que ha desaparecido! Fue alucinante llegar este año al río y ver que ya no existía, un paisaje nuevo, salvaje… un silencio en un valle donde antes se oía el río correr con fuerza… hablamos de un río importante, de más de 10 metros de ancho. No era un arroyo.

La llegada a nuestro próximo campamento nos hace olvidar el cansancio. Estamos en un alto, al fondo un inmenso valle rodeado de picos y ventisqueros e inundado casi en su totalidad por el lago Colonia. A nuestra derecha rompe el glaciar Colonia con un frente muy roto que se pierde al fondo serpenteante antes de ascender al campo de hielo.

La ruta está llegando a su fin, al día siguiente navegaremos el lago Colonia rodeados de ventisqueros durante. Nuestro próximo campamento se llama Sol de Mayo, un antiguo puesto de pobladores del valle, un lugar bucólico donde desaparecer.

Nos queda un día más de caminata, una jornada larga recorriendo todo el valle, hasta llegar al río Baker, cortándonos el paso y mostrándonos que se acabó nuestra aventura por el mundo de los hielos.

Este pasado enero, por fin pude finalizar el viaje de la forma soñada: navegando el río Baker, completé su ciclo hídrico, es decir, seguí la vida del agua, desde que se crea en el hielo, hasta que muere en el mar. Acampamos junto al río, para al día siguiente comenzar a navegarlo durante 3 días, hasta llegar a su delta en los canales australes del Pacífico.
La experiencia fue un acierto, navegar el río más caudaloso de Chile, rodeado de tupidos bosques, cordilleras, ventisqueros y cascadas que caían de infinidad de paredes, ha sido una de las experiencias más auténticas de mi vida… todo cambia desde abajo… el paisaje desde el río es otro… así es.

Después de casi 4 días explorando su cuenca, inmersos en paisajes intocados, llegamos al delta, junto a Caleta Tortel. Era un sueño hecho realidad, alcanzar el Pacífico a través de este río. Aisén es pura Patagonia, es un regalo para los viajeros y alpinistas, una región que deja huella, un baño de humildad y grandeza a la vez… allí seguirá, ajena a todos los que nos aventuramos a recorrerla, pero convirtiéndose sin darnos cuenta, en nuestra patria… ¡¡patria de nuestra alma!!

 

 

 

Texto y fotos: Diego Sainz.
Director de Viajes Kora, también guía grupos de clientes a diferentes destinos del planeta. Estudió para piloto comercial y curso los estudios de imagen y sonido, profesiones que ejerció hasta que decidió dedicarse al mundo de los viajes y la montaña. Incondicional a la hora de explorar, ha conocido muchos rincones del planeta, destacando su buen conocimiento en Patagonia, donde ha recorrido desde lugares conocidos por su belleza y lejanía hasta rincones totalmente inexplorados por el ser humano. Son varias las ascensiones y exploraciones que ha llevado a cabo en los últimos años, sobre todo en Nepal y Chile.

 

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