Cordillera Darwin

Cordillera Darwin. Donde los mapas siguen en blanco

Rodeada de aguas gélidas, envuelta por un laberinto de canales y glaciares, se halla una de las cadenas montañosas más salvajes y desconocidas: la cordillera Darwin. Estas montañas forman el confín meridional de los Andes, son sus últimas estribaciones en la Tierra del Fuego antes de que se hundan en el mar. La cúspide es el monte Darwin, con 2.488 metros de altitud, siendo varias las cimas que superan los dos mil metros. Paradójicamente, se sabe poquísimo sobre ellas, ni siquiera existen mapas fiables. La razón es que este fue siempre un territorio poco poblado. En el pasado hubo cierta presencia indígena, pero fueron pocos individuos, apenas algunos clanes familiares asentados en la costa. Nunca remontaron unas montañas que les causaban pavor por ser la morada del dios causante de las tempestades y los desastres naturales.

Por estas costas pasaron, también, los piratas, y algunos colonizadores españoles las eligieron para intentar una nueva vida. Pero el resultado fue desalentador a causa del clima atroz, la soledad y las enfermedades. Aquellos pioneros tampoco exploraron el interior de la isla, limitándose a esbozar la línea costera en sus mapas.

Nuestro camino a la cordillera Darwin empieza en Ushuaia. Tras un par de días preparando la logística de la expedición, pusimos rumbo a Puerto Williams, capital de la chilena isla Navarino, adonde se llega en barco o sobrevolando el entramado de islas y canales de la zona, una maravilla. Desde allí, se depende de la barcaza de cargo que une Puerto Williams y Punta Arenas una vez por semana, y que, si se solicita anticipadamente, hace una parada en la caleta Yendegaia.

Llegamos allí después de seis horas de navegación. Cuando la nave abre sus compuertas, cargamos los enseres y saltamos a tierra. A partir de este momento, ya no hay marcha atrás: permaneceremos solos, alejados de todo, consagrados a la exploración y el descubrimiento de lugares has – ta que vuelvan a recogernos.

Visión de punta a cabo

La mayoría de las cumbres que nos rodean permanecen vírgenes, sin hollar todavía por el hombre. Los antiguos colonos ya tenían suficiente ocupación con su simple supervivencia; seguramente no se plantearon la coronación de picos ni la posibilidad de asignarles nombres. Tampoco han acudido los grandes escaladores, acaso disuadidos por la poca altitud de estas montañas. Sin embargo, su emergencia desde el mismo mar las hace majestuosas: se ven íntegras, desde la misma base. Alberto Maria de Agostini y Eric Shipton, fueron, tal vez, los únicos montañeros míticos que se aventuraron en la región.

Tras una noche reparadora, una barahúnda de graznidos me despierta al amanecer. La causan los patos, que vociferan en la costa para marcar su territorio y se persiguen sobre el agua como si estuvieran dispuestos a matarse. Cuando salgo de la tienda, todavía medio aturdido, encuentro a José “mateando”. Me dice: “Ya te acostumbrarás. Aquí hasta los patos son bravos”.

Él es el único habitante de la caleta Yendegaia. Vive consagrado a la caza de toros y vacas cimarrones, un extraño oficio. Entre sorbo y sorbo, José me explica que aquí hubo una hacienda dedicada originalmente a la cría de ganado para el suministro de carne al penal de Ushuaia. Sin embargo, su dueño abandonó el lugar de forma precipitada, liberando unos animales que se asilvestraron. Luego, la declaración del Parque Nacional Alberto Maria de Agostini impuso la muerte del ganado. La misión de José es, precisamente, cazarlo.

Con algo menos de cuarenta años, José es un tipo duro y poco expansivo. Se diría que sus amigos más íntimos son los caballos y el rifle. Nació en Puerto Natales, una ciudad de la Patagonia chilena que visita una o dos veces al año: “Más me estresa”. Además, confiesa que cuando permanece más de una semana, acaba pegándose con alguien… ¡o con todos! Al hablarnos de las vacas, nos advierte: “No creo que veáis ninguna, pero si sucediese, alejaos sigilosamente porque atacan”. Él mismo tuvo que huir alguna vez al galope.

Llega la hora de ponerse a caminar. El primer día andamos unas ocho horas, una jornada que se repetirá los días sucesivos. Pese a la modestia del desnivel, la marcha no es sencilla, debido a la inexistencia de caminos y a la incertidumbre del terreno. Atisbamos los primeros glaciares, enormes. Finalmente, acampamos en un lugar llamado Casa Gringo. No hay nada, ni una humilde cabañita; es solo un rincón un poco resguardado. Pero se halla en un lugar fabuloso, junto a la tremenda lengua del glaciar Stoppani.

Por la mañana, estudiamos el terreno y tanteamos el acceso a diferentes metas. Nuestro propósito es, sobre todo, explorar, conocer algunos lugares nuevos, no tocados por el ser humano y, de paso, subir algunas cimas cercanas. Y todo sin ser corneados por ninguna vaca o toro cimarrones.

Al día siguiente, ascendemos un cerro con algo más de mil metros de altitud. No plantea exigencias técnicas, pero resulta bastante duro. La ruta discurre, en parte, a través de un bellísimo bosque de hayas australes. Las vistas desde la cima son una recompensa ganada a pulso.

Después de una jornada de descanso y recuperación, partimos hacia el monte Caledonia, que solo se ascendió una vez an – tes. Con las mochilas y nuestras ilusiones a cuestas, bordeamos el glaciar Stoppani y atravesamos una planicie que sirve de antesala a la morrena del glaciar Bové. Remontamos este hacia la laguna de los Zorros, un precioso laguito de aguas cristalinas donde se reflejan picos y glaciares.

Planes saboteados

Nos las prometíamos muy felices, pero la inestable meteorología local nos para pronto los pies: un repentino empeoramiento nos obliga a un cambio de planes; se imponen buenas dosis de estoicismo, pues la ascensión del monte Caledonia resulta impensable en estas condiciones. Nos conformamos subiendo un cerro menor, virgen, cercano al campamento. Ha sido otra jornada dura, pero hacemos cima, y esta nos deleita con nuevas panorámicas sobre el mar, los canales, y una infinidad de picos y glaciares, incluido el Armada de Chile, que discurre a nuestros pies.

El tiempo no mejora al día siguiente, al contrario: lluvia, nieve, fuertes ráfagas de viento… Es inevitable, tenemos que renunciar al monte Caledonia. Dedicamos la jornada a descender el glaciar Dartmoore, decididos a seguir gozando de las sensaciones propias de caminar sobre hielo.

Un día después, regresamos a Casa Gringo, donde pernoctamos. Toca retirada y reandamos la ruta hacia el mismo lugar donde nos dejó la barcaza, hacia la caleta Yendegaia. Por el camino, atravesamos matas de los árboles más comunes en esta zona de la Tierra del Fuego: las fagáceas. Encontramos tres tipos: lengas y ñires, caducifolios, y el cohiue, siempre verde. Son árboles con un crecimiento muy lento y que, por culpa de los castores, desaparecen aceleradamente, abriéndose praderas y lagunas donde hubo bosques.

La plaga de los castores se debe a un canadiense descerebrado que, en la década de 1960, soltó unos cuantos para comprobar cómo se las apañaban en los parajes fueguinos. Debido a la ausencia de predadores, proliferaron de manera muy rápida, cambiando radicalmente el paisaje con sus diques naturales. El problema tiene tanta gravedad que ambos países, Argentina y Chile, han puesto precio a la cabeza de los roedores.

Trabajo sin recompensa

El principal problema es la dificultad de su caza: viven en lugares inaccesibles y están siempre en el agua. Al matarlos, caen al fondo de las lagunas, y los cazadores no tienen manera de exhibir sus despojos para demostrar el número de castores muertos. Finalmente desisten, y la caza se abandona. Como consecuencia, las poblaciones de castores se multiplican, y las castoreras ya forman parte habitual del paisaje de la Tierra del Fuego.

José nos espera en la caleta Yendegaia. En verdad, no nos hace muchas preguntas sobre lo vivido. Supongo que le resulta incomprensible que alguien se encamine a los glaciares por placer. Él nunca fue más allá de Casa Gringo y no le interesa lo más mínimo lo que haya. Bastante tiene con su persecución de vacas y toros.

Al preparar un viaje de estas características, siempre se deja algún día extra, de “colchón”, por si surgen imprevistos. Esa precaución nos brinda una jornada junto al mar, mientras esperamos la barcaza que nos devolverá a Puerto Williams. Para ocupar el tiempo, decidimos ascender algún pico virgen cercano al campamento. Bajo un cielo limpísimo, remontamos una cresta sencilla que nos lleva hasta tres cumbres. Sus vistas alteran la respiración. A lo lejos, divisamos incluso la pista de aterrizaje del aeropuerto de Ushuaia y hasta el cabo de Hornos.

José deja ir la información con un cuentagotas y no para de sorprendernos. Esta vez lo ha ce al ponernos al corriente del descubrimiento de un laboratorio de cocaína en estos confines desolados e inhóspitos. Ocupaba un antiguo galpón (almacén) supuestamente dedicado al esquile de ovejas. La auténtica causa de la marcha del antiguo propietario fue, de hecho, su encarcelamiento. Una fundación llamada Amigos de Yendegaia le compró los terrenos. Es la que le paga su salario a José.

La barcaza apareció al día siguiente. Nos despedimos de José y embarcamos con rumbo a Puerto Williams, de vuelta a Navarino. Mientras navegamos, gozo del atardecer más espectacular del mundo. Hasta el mar se ha vuelto rojo.

Nota del autor:
● Aunque hace relativamente poco de nuestra visita a Yendegaia, en 2005, han sucedido algunas cosas desde entonces. La fundación Amigos de Yendegaia ya no es su propietaria: vendió el terreno a un estadounidense que se dedica a adquirir tierras en Chile y promueve su protección como parques nacionales. Su nombre es Douglas Tompkins y es el creador de la marca de ropa y material de montaña The North Face. Actualmente tampoco se permite el acceso al lugar a bordo de la barcaza de cargo que usamos. Que yo sepa, el divulgador Jesús Calleja es el único que ha estado allí desde entonces, para grabar un documental recientemente emitido por televisión en España. Nada más ha cambiado allí… ni posiblemente cambie nunca.●

Diego Sáinz cursó estudios de piloto comercial, y de imagen y sonido, profesiones que ejerció hasta la llamada de los confines australes. Actualmente es director de Viajes Kora, una agencia de viajes y aventuras especializada en Asia y Sudamérica.

 

PARA SABER MÁS
• Legendario monumento literario, narra las experiencias del autor por la Tierra del Fuego, con abundante material fotográfico y cartografía alzada por él mismo: Esfinges de hielo. Alberto Maria de Agostini. Ilte, 1959.
• Probablemente, la mejor web que existe sobre la zona: www.tecpetrol.com/patagonicos/default.htm.
• Sobre el parque Agostini: www.letsgochile.com/locations/ patagonial/magallanes-xii/alberto-de-agostini-national-park.

 

 

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