Trekking del Manaslu 2025

Trekking del Manaslu: cuando la montaña decide por ti

El viaje comienza, como casi siempre en Nepal, con un madrugón en Katmandú y una larga jornada de aproximación. Desayunamos temprano y subimos al autobús para poner rumbo a MachaKhola, punto de partida del trekking del Manaslu. Las carreteras son las de siempre: lentas, pesadas, imprevisibles, pero llenas de vida. Pasamos por Arugat y entramos en el distrito de Assish, nuestro guía jefe, que juega en casa. Al llegar, montamos el campamento en el patio de un colegio. Antes de cenar, todavía queda energía para improvisar un partido de vóley con unos chicos del pueblo. Es una forma perfecta de empezar: risas, curiosidad mutua y la sensación de que mañana, por fin, empieza la aventura.

El primer día de trekking arranca con esa rutina que tan rápido se vuelve imprescindible: a las seis de la mañana, un café caliente en la tienda y un cuenco de agua para desperezar el cuerpo. Comenzamos a caminar siguiendo el curso del río Budi Gandaki, que será nuestro compañero durante buena parte del viaje. Hace calor, hay bastante gente en el sendero y el día se alarga más de lo previsto. Caminamos entre pueblos, puentes colgantes y terrazas de cultivo, comiendo un lunch box por el camino hasta llegar a Jagat, donde montamos el campamento y disfrutamos de una cena que sabe a gloria.

A medida que avanzamos, el paisaje empieza a cambiar. Las jornadas siguen siendo exigentes, pero hermosas. Paramos en pueblos como Philim, con tiendas, wifi y un aire casi urbano que contrasta con lo que nos espera más arriba. En Chisipani tenemos tiempo para descansar, ducharnos y celebrar el día de Tihar bailando un poco, dejando que el cuerpo se suelte después de las caminatas. La vida en el campamento fluye con naturalidad, y el grupo se va cohesionando sin darnos cuenta.

Seguimos remontando el valle del Budi Gandaki, a veces con la carretera literalmente tallada en las paredes del cañón. Cruzamos el río una y otra vez, vemos monos en las laderas y notamos cómo, poco a poco, la gente va desapareciendo del camino. Los días son largos, pero muy gratificantes. Los bosques se vuelven más densos, casi selváticos en algunos tramos, y acabamos acampando en un pinar cerca de Numrung, rodeados de silencio.

Y entonces aparece. Primero tímido, a lo lejos, y luego cada vez más imponente: el Manaslu y toda su cadena se dejan ver por primera vez antes de llegar a Lho. La montaña domina el horizonte y nos recuerda por qué estamos aquí. Dormimos a sus pies, en uno de los campamentos más espectaculares que se pueden imaginar. Al día siguiente, el valle se abre de par en par camino a Samagaon. Entramos de lleno en la alta montaña; el Himalaya en mayúsculas. El pueblo es grande, con hospital y colegio, y nuestro campamento queda rodeado de montañas blancas que parecen cerrarse sobre nosotros.

La montaña, sin embargo, empieza a hablar más alto. Amanecemos con una nevada impresionante que transforma el paisaje en algo casi irreal. Todo es blanco, silencioso, hipnótico. El día de descanso se convierte en día de encierro en el lodge, entre cartas, conversaciones y miradas al exterior esperando una tregua que no llega. Al día siguiente deja de nevar, pero la lluvia toma el relevo. Los grupos que intentan continuar tienen que darse la vuelta. El gobierno nepalí cierra los pasos de montaña en todo el Himalaya. No hay discusión posible: toca tomar una decisión difícil.

Darse la vuelta duele. Mucho. Pero la montaña no entiende de planes ni de ilusiones, y la seguridad siempre va primero. Con la previsión de otra borrasca en camino y sin margen de días extra, iniciamos la retirada desde Samagaon bajo la lluvia, con el Larkya Pass cerrado y el ánimo tocado, pero la cabeza fría.

El regreso no es sencillo. Llueve durante horas, los caminos están muy dañados y atravesamos zonas de desprendimientos realmente peligrosas. En uno de los pueblos nos encontramos con una escena que nos deja helados: un hombre gravemente herido tras recibir el impacto de una piedra en la cabeza el día anterior. Necesita un hospital con urgencia, pero el mal tiempo impide el rescate en helicóptero. La montaña muestra su cara más dura y ese día se vuelve largo, triste y pesado para todos.

Las lluvias nos obligan incluso a detenernos un día más en Deng, esperando a que el terreno se estabilice. Cuando por fin el cielo se despeja, retomamos la marcha por una ruta alternativa al camino habitual, completamente destrozado por los desprendimientos. Es un itinerario duro, largo y expuesto, con pasos delicados que exigen máxima atención. A cada metro queda claro que la decisión de no seguir adelante fue la correcta.

Finalmente regresamos a Jagat, cansados, empapados y con la sensación de haber vivido algo intenso y real. El último día es corto, casi simbólico, antes de subir al jeep que nos devuelve a Katmandú. Mientras dejamos atrás el valle, el Manaslu queda oculto entre las nubes, como si se despidiera a su manera.

No alcanzamos el paso, no completamos el circuito, pero volvemos con algo igual de valioso: la experiencia de un Himalaya auténtico, cambiante, imprevisible. Este viaje al Manaslu nos recordó que no siempre se trata de llegar, sino de saber escuchar a la montaña, aceptar sus reglas y regresar con respeto. Porque en Nepal, a veces, la verdadera cima es tomar la decisión correcta.

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